17 Nov, 2010
¿VALORAR O DEVALUAR EL PATRIMONIO?
Volvemos con el reconocimiento internacional del patrimonio. Por todos es sabido la inclusión en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad del Flamenco, el Canto de la Sibila de Mallorca, la Cetrería y la Dieta Mediterránea, y los Castells, entre los cincuenta y un elegidos de todo el mundo el día de ayer en Nairobi.
La Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO constituida en 2003 entiende por patrimonio cultural inmaterial “los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas -junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes- que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural”. Este concepto se ve ampliado cada día con aspectos como el lenguaje o distintas formas de alimentación.
Echar un vistazo a la lista completa ofrece la oportunidad de valorar la enorme riqueza cultural de los distintos pueblos, lo que permite dar a conocer aquellos que de otra forma no serían apreciados por los demás países (a veces incluso por muchos de la propia nación), y ofrecer mecanismos de protección a aquellos que se encuentran sin otros medios para procurar su salvaguarda.
Sorprende el número de propuestas presentadas por España finalmente incluidas en este año, que acompañarán a las anteriormente contenidas desde 2003: el Misterio de Elche, el Patum de Berga, los Tribunales de regantes del Mediterráneo español: el Consejo de Hombres Buenos de la Huerta de Murcia y el Tribunal de las Aguas de la Huerta de Valencia y el Silbo Gomero.
A pesar del reconocimiento que esta actuación supone para los diversos ejemplos de cultura popular, y el respeto que merecen todos ellos, nos encontramos con una realidad que, como mínimo, nos hace reflexionar sobre dichas actuaciones. Hoy día no hallamos una comunidad autónoma en España que no trabaje al menos en una propuesta de inclusión en la Lista de Patrimonio Inmaterial, o en la proclamación de Patrimonio Mundial (común y erróneamente conocido como Patrimonio de la Humanidad). Las declaraciones masivas de bienes tanto tangibles como intangibles que lleva a cabo la UNESCO hacen pensar que no sea tan complicado su reconocimiento. Pero, ¿no se trataba de elementos “representativos” de la cultura? ¿Existe un límite en esa representatividad? ¿No se ven devaluados los méritos por los que se accede a dichas listas por el gran número de propuestas aceptadas? ¿Usamos el patrimonio como búsqueda de intereses económicos y políticos?
Quizá llegue el día en que cada uno tenga a la entrada de su pueblo un cartelito con el deseado icono de UNESCO. Entonces carecerá del valor que hoy se le confiere; los políticos tendrán que inventar otro título que no tenga el vecino.











Me alegra mucho encontrarte por aquí.
La verdad es que la idea de proteger cuanto más patrimonio mejor, es loable y deseable. Lo ideal sería que estas declaraciones consiguieran de veras poner en marcha mecanismos de protección eficaces. Lo que ocurre es que no es siempre así. No demasiado lejos encontramos el ejemplo de Pompeya, declarada Patrimonio Mundial por la Unesco en 1997. Estos días estamos asistiendo al lamentable estado de abandono en el que se encuentra. La declaración no parece que sirva de mucho en este caso. Unesco actúa como agente de control sobre los bienes que declara, haciendo ver a los gobiernos las necesidades que pueden presentar o las actuaciones que no se deben acometer en ellos. La actuación directa corresponde, en definitiva, a las administraciones locales, autonómicas y estatales pertinentes.
Ojalá tantos esfuerzos sirvieran para la mayor protección del patrimonio; ojalá, mientras se buscan estas distinciones, no se olvide el trabajo diario por el patrimonio más olvidado.
Tu reflexión es cierta si lo que se pretende con esas declaraciones es resaltar el valor de una manifestación cultural por encima de otras; de hecho, así lo suelen entender los pueblos solicitantes, al tiempo que azuzan la envidia del vecino.
Pero si de lo que se trata es de proteger ese patrimonio, entonces cuantas más declaraciones, mejor, aunque vayan en detrimento de la exclusividad turística y del orgullo local.